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06 febrero, 2006

Por amor al arte

El 4 de febrero me encontré con una divertida coincidencia entre la pornostar hispana Celia Blanco y el prestigioso periodista francés Jean Daniel (director de Le Nouvel Observateur): la idea del arte como justificación inapelable de cualquier cosa.

Demos paso al periodista, que hablaba en los siguientes términos del candente asunto de las caricaturas de Mahoma:
El origen del mundo, de Courbet"Vayamos al fondo de la cuestión y a lo que yo he denominado su 'trágica frivolidad'. Digamos para empezar que las 12 caricaturas publicadas en el diario danés Jyllands-Posten no demuestran ni audacia estética, ni sensibilidad emocional, ni un sentido de la oportunidad política particulares. No se puede decir que se encuentre en ninguno de estos dibujos la gran herencia estética de Daumier, Salvador Dalí o, en otro ámbito, de Buñuel. En ellos, el arte, es decir, el genio, salvaba la provocación. Lo que salvó a Diderot con La Religiosa, a Voltaire ('Aplastemos al infame'), a Baudelaire con Las flores del mal y a Courbet con la representación de un sexo femenino titulado El origen del mundo, es una vez más el arte, simplemente el arte. Por mi parte estoy dispuesto a admitir todas las provocaciones artísticas que hayan podido tener como tema a Buda, Moisés, Jesús o Mahoma. Pero me parece insoportable que la vulgaridad sea lo único que ensucia los sagrado. Si los surrealistas lo hicieron fue porque estaban al mismo nivel que el objeto de su profanación"
Una frivolidad trágica

Fernando Savater, en actitud piadosaComo ironizaba Savater en un artículo publicado en el mismo medio una semana más tarde:"Jean Daniel nos informaba en estas mismas páginas de que él acepta la blasfemia siempre que vaya acompañada de buen gusto y dignidad artística: es de los que sólo disfrutan los strip-teases cuando se realizan con música de Mozart, que para eso estamos en su aniversario". Uno no termina de entender la enigmática frase que cierra la cita de Daniel (¿los surrealistas eran dioses?), y tampoco que el francés olvide que el genio no justificó la provocación para los ultras que atacaron los cines donde se proyectaba La Edad de Oro, de Buñuel, los dementes que obligaron a Voltaire a marchar al exilio o los pazguatos que impidieron la exhibición pública (quizás debería decir "púbica") del cuadro de Courbet hasta una fecha tan temprana como 1995. Digamos que los fanáticos y los puritanos son poco sensibles a este tipo de argumentos, bastante endebles, por otra parte. Cuando Dalí se presentó en una fiesta de disfraces en Nueva York con Gala disfrazada de "hijo de Lindbergh asesinado" demostró -aparte de un extraordinario mal gusto- que el arte no redime de nada en según qué ocasiones.

Por su parte, Celia Blanco respondía así a un fan en un Encuentro Digital de El Mundo
"12. Hola Celia, aunque sólo he visto 2 de tus películas, me mola el sentimiento que le pones. ¿No crees que 8 películas son pocas para una chica de tu potencial? ¿No piensas firmar algún contrato con un estudio importante como Private o "hacer las Américas"? un beso wapa!!!

No. No me apetecen los proyectos que me ofrecen y por ello no rodaré nada. Como he comentado en muchas ocasiones, me gusta participar en una película X si tiene algo artístico, no sólo sexo por sexo."
Ha estado con nosotros ...Celia Blanco

La foto más artística de Celia que hemos podido encontrarPocos fans de Botticelli, Manet o Courbet habrá entre los seguidores de la carrera de Celia Blanco, y desde luego que los hermanos Lapiedra no son sospechosos de dar un tratamiento "artístico" a las escenas de sus películas, donde, por mucho que citen a Bataille (algo encomiable viniendo de dos "ex seguratas de discoteca"), la cámara se detiene más en sus robustos actores parapetados tras máscaras de gas o de cuero que en la belleza de las actrices.
Creo que a Celia no le hacen falta estas excusas absurdas. Si le gusta el sexo y que le paguen por follar delante de una cámara, no hace falta más. No es plan ponerse a estas alturas como las actrices de la era del destape y cambiar lo de "si el guión lo exige" por "si el arte lo exige".

06 julio, 2005

La otra cosa

El pasado 2 de julio, José Antonio Millán publicaba en Babelia la reseña de dos libros sobre sexo (Lujuria, de Simon Blackburn y Pensar la pornografía, de Ruwen Ogien). Me gustó mucho lo que decía sobre el segundo de ellos, y lo pongo aquí antes de que desaparezca de la web. He subrayado algunos puntos de contacto entre lo que cuenta Ogien sobre el porno y la percepción de las drogas:

"Pero de esto último quien sabe más es el filósofo moral Ruwen Ogien. Pensar la pornografía es un libro más árido que Lujuria: está escrito con la estructura lógica y el escalpelo de un filósofo analítico, y el resultado es frío (lo que quizá convenga a lo caldeado del tema). Ogien realiza un clarificador recorrido por la historia de las definiciones del concepto, que abundan, por la sencilla razón de que legisladores y educadores han venido considerando necesario proscribir el acceso a determinadas representaciones de contenido sexual. La revisión histórica es muy curiosa: mientras la pornografía era patrimonio exclusivo de las clases acomodadas, la cuestión no se considera problemática. Pero cuando aparecen los medios técnicos de reproducción (de la imprenta popularizada a la fotografía) la cosa cambia: "Las personas con opiniones hechas dicen que esas imágenes causan un considerable perjuicio a los demás", escribía Bertrand Russell, "pero ni una sola de aquéllas quiere reconocer que les han causado perjuicio a ellas". Y el tema de la protección de los más indefensos (antes, las clases populares; hoy, los niños) es constante en el discurso sobre lo pornográfico.

El papel educativo del pornoLa extensión de Internet ha provocado un auge desmesurado en la oferta y el consumo de pornografía (en esto último España está muy a la cabeza de los países de nuestro entorno), lo que hace aún más necesaria la revisión que plantea Ogien. Los puntos debatidos son variados; por ejemplo: la pornografía, ¿puede considerarse educativa? Hay que reconocer que el cunnilingus y la estimulación clitoridiana deben más a este género que a cualquier manual de educación sexual... ¿Es una forma insidiosa de discriminación sexual? Dependiendo de los estudios y las fuentes (y una baza clave de Ogien es presentar las encuestas "científicas" en su contexto ideológico), o bien la mujer es objeto único de degradación en las representaciones pornográficas: sometidas, violadas, golpeadas; o bien éstas degradan por igual a mujeres y hombres (muñecos erectos siempre disponibles); o bien, no hay degradación alguna. Otros temas a los que se pasa revista son los fenómenos de "saturación" ante el consumo constante y las dependencias psicológicas (o adicciones), o el sesgo homosexual (masculino) que puede estar tomando subrepticiamente la pornografía (heterosexual) contemporánea, con su énfasis en las felaciones y en la penetración anal.

Muñeco erecto a punto de degradar a una mujerLa pregunta clave del libro es: ¿qué molesta, en definitiva, de la pornografía? Para Ogien está claro: que, a pesar de datos y estudios que señalarían su (relativa) inocuidad, choca con preconceptos demasiado arraigados sobre lo que debería ser la sexualidad humana. Y esto no puede extrañarnos: se trata de un tema que no sólo lleva preocupándonos desde mucho antes de Platón, sino que además tiene grandes implicaciones políticas: cualquier postura, a favor o en contra, crea extraños compañeros de cama, como el apoyo (luego lamentado) de cierto feminismo norteamericano a las posturas prohibicionistas provenientes del estamento más reaccionario del país. Cualquier control, por otra parte, exige definiciones claras de lo pornográfico, y éstas pueden (lo sabemos desde el Ulysses joyciano, y aun antes) convertirse en formas de censura.

Y es que ante el deseo, la lujuria (o sus representaciones), es difícil permanecer impasible, incluso con sentimientos contrapuestos. Quizá nadie lo retrató mejor que Woody Allen: "Vivimos en una sociedad demasiado permisiva. La pornografía nunca se había exhibido con tal impudor. ¡Y encima las imágenes están desenfocadas!".

La otra cosa
José Antonio Millán

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