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18 abril, 2006

Todas las mujeres son una para el que ama

Unio Mystica, por Andrew Gonzalez. Pincha para ampliarRecientemente vi Rembrandt, una espléndida película de Alexander Korda que no sería lo mismo sin la excepcional interpretación de Charles Laughton. Dos secuencias de la película me llegaron muy hondo. A la primera le corresponde la transcripción del diálogo que sigue más abajo. La segunda nos muestra a un Rembrandt viejo, arruinado y enfermo coincidiendo en una taberna con unos pintores jóvenes y sus hermosas amantes, que en un principio no lo reconocen y le invitan a unos tragos para reírse de él. Toda la película es una delicia, pero la escena citada y la que va a continuación fueron para mí los momentos cumbre. Esta transcurre también en una taberna, donde los parroquianos se burlan del pintor por seguir enamorado de su esposa Saskia tras siete años de matrimonio. Rembrandt no se inmuta ante las chanzas y les cuenta esta historia.
«-Había una vez un hombre en la región de Ur. El Señor le concedió todo cuanto el corazón humano pudiera desear, pero por encima de todo ese hombre estaba enamorado de su esposa.
-Debía de tener un secreto.
-Lo tenía.
-Me gustaría conocerlo.
-Una vez tuvo una visión. Una criatura, mitad mujer, mitad niña, mitad ángel, mitad amante, pasó rozándole. Y, de repente, él supo que cuando una mujer se entrega a un hombre, éste posee a todas las mujeres. Mujeres de todas las edades, clases y razas. Y más que eso: la luna y las estrellas, todos los milagros y las leyendas. Son tuyas las muchachas de piel morena que inflaman tus sentidos con sus juegos. Las serenas mujeres de cabellos dorados que te incitan y te rehúyen. Las dóciles que te sirven. Las delgadas que te atormentan. Las madres que te engendraron y amamantaron. Todas las mujeres que Dios creó de la prolífica fecundidad de la Tierra son tuyas en el amor de una sola mujer.
-¿Cómo?
-Echa suavemente un manto de púrpura sobre sus hombros y se convierte en la Reina de Saba. Apoya ciegamente tu despeinada cabeza sobre su pecho y será Dalila, esperando para sojuzgarte. Quítale sus adornos, despoja su cuerpo hasta el último velo y ella es la casta Susana, cubriendo su desnudez con manos temblorosas. Contémplala igual que contemplarías a mil mujeres extraordinarias, pero no la llames nunca "tuya" porque sus secretos son inagotables y nunca llegarás a conocerlos todos. Llámala por un solo nombre. Yo la llamo Saskia.»
23 abril, 2005

Neelesha: la tentación vive en Oriente

Neelesha: la tentación vive en Oriente
Esta señorita que fuma mirando a la cámara con un aire entre desafiante y seductor es Neelesha Bavora/Bartel. Pongo dos apellidos porque con el primero de ellos encarnó a Sujata en Samsara, mientras que con el segundo figura en la poca información que he conseguido sobre ella en Internet (así como la foto que ilustra esta entrada, que podrás ver a tamaño más grande y sin tratar aquí). Como el texto que acompaña a la imagen está en alemán y mi familiaridad con este idioma es nula, lo único que he podido deducir de él es que, aparte de su único papel como actriz en la peli mencionada, Neelesha ha dirigido un corto sobre la inmigración en Berlín, ciudad donde reside.

En Samsara, Neelesha hacía perder la cabeza al protagonista (un monje bastante reacio a permanecer alejado de los placeres del mundo) y, a pesar de que su belleza no se ajusta en lo más mínimo al canon habitual, no era difícil de entender, porque uno ha visto muy pocas veces una representación tan perfecta de la tentación y la seducción en una sala de cine. Y tampoco es muy frecuente un tratamiento tan exquisito y al mismo tiempo tan natural como el que daba Pan Nalin, director de esta espléndida película, a sus secuencias eróticas. Tashi recupera el tiempo perdido con Pema, su legítima esposaEn concreto, la que protagonizaba ella era de las que no se olvidan (salvando las distancias, recordaba a la escena del pañuelo en Amantes, de Vicente Aranda).

Y es que Neelesha Bavora es un soplo de aire fresco (o tórrido, según se mire) en una iconosfera erótica plagada de muñecas recauchutadas en dios sabe qué quirófanos siniestros, de fetiches baratos de usar y tirar, de putarracas que confunden la ordinariez con la gozosa desinhibición de la sexualidad libre, de pornochachas que se presentan como glamourosas diosas del amor. Y no es que uno se vaya a sumar al coro de los puritanos que, tanto desde la izquierda como de la derecha, claman contra el muy honesto negocio de la pornografía, pero mujeres como ésta nos recuerdan que hay vida más allá de la silicona y del modelo Barbie/Pamela Anderson, y que el erotismo es algo más que dobles penetraciones y lefazos en la jeta. Otros sex-symbols diferentes irán apareciendo por aquí en próximas actualizaciones de Afrodelia.

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