
Como destacaba
Michel Foucault en el primer volumen de su
Historia de la sexualidad, los occidentales hemos desarrollado la
scientia sexualis en detrimento de la
ars erotica, cultivada con mimo por las tradiciones esotéricas orientales y (en menor medida) por el paganismo precristiano. Como consecuencia, nosotros hemos producido obras como los manuales de teología moral, el
Psychopathia Sexualis, de
Krafft-Ebing, o todas las variedades de pornografía extrema que se pueden encontrar en cualquier sex-shop, mientras que ellos nos han dado
El Jardín Perfumado, el
Ananga Ranga, el
Kama Sutra o
La alfombrilla de los goces y los rezos (más expresivo es su título en inglés,
The Carnal Prayer Mat), entre otras muchas obras que celebran los placeres eróticos, poniéndolos a menudo en relación con el éxtasis místico.

Con frecuencia olvidamos que, como supo ver el filósofo francés, no hay oposición alguna, sino una continuidad absoluta, entre las invectivas contra el sexo y el cuerpo de los padres de la Iglesia y la mayoría de las producciones que nos llegan de Pornolandia. El desprecio de lo femenino, el regodeo en la suciedad y el asco, el abuso de la transgresión, la asociación entre sexo y violencia, la doble moral (que, pese a la cacareada revolución sexual de los sesenta, sigue gozando de una salud de hierro), forman parte de una herencia de indudable raíz clerical. Para comprobarlo, nada mejor que asomarse a las páginas de
Historia sexual del cristianismo, una obra de
Karlheinz Deschner donde se examinan con lupa las causas y las consecuencias del radical dualismo cristiano (o mejor dicho, paulino y agustiniano, ya que nada de esto se puede encontrar en las enseñanzas de
Jesús de Nazaret) desplegado en torno a cuerpo y alma, materia y espíritu, Cielo e Infierno.

Este libro
se puede encontrar en la Red gracias a un amable internauta que se ha ocupado de ponerlo en su web pero, dado que los
e-books no han alcanzado todavía un formato manejable y práctico, es muy recomendable hacerse con esta obra en la
edición publicada por Yalde. Por de pronto, y para abrir boca, aquí va un breve fragmento donde Deschner destaca con qué facilidad se puede convertir la pretensión de erradicar la dimensión sexual de la persona en una obsesión erótica rayana en el delirio:
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«Si expulsas a la naturaleza...»En cualquier caso, la lucha contra la «carne» la renuncia a las relaciones sexuales, estaba en el punto central de los excesos de la debilidad que los clérigos han admirado hasta hoy. Por debajo de todas las prácticas ascéticas, de la abstinencia ascética, de aquellos tormentos y torturas ascéticos que, eventualmente, culminaban en el suicidio, la preservación de la castidad fue siempre «la corona y el centro» del cristianismo.

Pues la ascesis sexual es la carga más abrumadora; y, a buen seguro, la que más esclaviza. Es cierto que San Agustín la proclamaba como «fuente de libertad espiritual», pero de hecho pocas personas hay tan poco libres espiritualmente, tan agitadas por el deseo, tan atormentadas por visiones voluptuosas como los ascetas. ¡No fue una casualidad que el peor período de la locura penitencial tras la caída de Roma fuera también el de mayor incultura! Pues quien quiere dominar la sexualidad permanentemente, es permanentemente dominado por ella. Es la abstinencia lo que la convierte en desmesurada, en irresistible, lo que, como dice Lutero, hace del corazón del casto que «piensa en la fornicación día y noche», «un auténtico burdel» y le acomete «como un perro furioso». Si el casto se lanza desnudo entre las hormigas, como Macario, o se revuelca sobre espinas, como San Benito («se tiende sobre espinas y se araña furiosamente el trasero». Lutero, Charlas de sobremesa), si se azota el cuerpo o se arranca la carne, el instinto subyugado simplemente se venga; en una palabra, se vuelve tanto más salvaje e incendiario cuanto más es negada la naturaleza; entonces, el instinto aflige al asceta con más vehemencia y éste, con frecuencia, emplea toda su fuerza en la lucha contra la tentación.

Esto se ha reconocido desde muy pronto, y por todas las partes. Pues no sólo Horacio escribió: «si expulsas a la Naturaleza a golpe de horca, regresará»; luego parafraseado enfáticamente por P.N. Destouches: «Chassez le naturel, il revient au galop». El prior Casiano también lo sabía: «la dificultad de la lucha crece en proporción a la fuerza de cada cual y al desarrollo humano». No obstante, no se extraía de ello la única conclusión razonable, sino que se renovaba constantemente el llamamiento a la lucha y, así, muchos iban tambaleándose desde una neurosis hasta la otra, hacia tinieblas cada vez mayores, con ataques de locura que conducían hacia la misma locura, como admite San Jerónimo. El propio Jerónimo confiesa que fue trasladado en medio de unas jóvenes danzarinas mientras, sobreexcitado por el cosquilleo sensual, hacía compañía a los escorpiones y las bestias: «Mi rostro estaba pálido por el ayuno, pero el espíritu ardía dentro del cuerpo frío por los cálidos deseos, y en la fantasía de una persona muerta a la carne desde hacía tiempo no hervía nada más que el fuego del placer maligno» (10).
Historia Sexual del Cristianismo